El Creador habla
Génesis 1:27-28; 3:1-8; Lucas 15:11-32; Génesis 3:14-24; Éxodo 19:16-22; Juan 10:27-30
El Creador habla
La tecnología digital nos permite comunicarnos con amigos y familiares que se encuentran en lugares lejanos. Aunque esto es maravilloso, nada es mejor que estar juntos. Algo especial sucede cuando nos reunimos, nos abrazamos y nos comunicamos cara a cara.
Esta semana se nos recordará que los seres humanos fuimos creados para relacionarnos cara a cara con nuestro Creador. Sin embargo, el pecado destruyó hace mucho tiempo esta conexión íntima. Para restaurar esa comunicación con sus amadas criaturas, Dios nos ha hablado de diversas formas. La más reconocida de las interacciones divinas con la humanidad son los portavoces cuidadosamente elegidos, conocidos como profetas, que transmiten sus mensajes. Los mensajes de esos profetas quedaron generalmente registrados en la Biblia, pero no siempre.
El plan de Dios es restaurar su imagen en nosotros, la imagen que el pecado malogró. El plan de salvación consiste precisamente en la restauración que se completará cuando Dios cree un «nuevo cielo y nueva tierra, donde mora la justicia» (2 Ped. 3:13).
Hasta entonces, Dios sigue hablándonos mediante profetas.
En la Palabra de Dios contemplamos el poder que estableció los fundamentos de la tierra y que extendió los cielos. Únicamente en ella podemos hallar una historia de nuestra raza que no esté contaminada por el prejuicio o el orgullo humano. En ella se registran las luchas, las derrotas y las victorias de los mayores hombres que el mundo haya conocido jamás. En ella se desarrollan los grandes problemas del deber y del destino. Se levanta la cortina que separa el mundo visible del mundo invisible, y presenciamos el conflicto de las fuerzas encontradas del bien y del mal, desde la primera entrada del pecado hasta el triunfo final de la rectitud y de la verdad; y todo ello no es sino una revelación del carácter de Dios.
En la contemplación reverente de las verdades presentadas en su Palabra, la mente… entra en comunión con la Mente infinita. Un estudio tal no solo purifica y ennoblece el carácter, sino que inevitablemente amplía y fortalece las facultades mentales.
Las enseñanzas de la Biblia influyen en forma vital sobre la prosperidad del hombre en todas las relaciones de esta vida. Desarrolla los principios que son la base de la prosperidad de una nación, principios vinculados con el bienestar de la sociedad y que son la salvaguardia de la familia, principios sin los cuales ningún hombre puede alcanzar utilidad, felicidad u honra en esta vida, ni asegurarse la vida futura inmortal. No hay posición alguna en esta vida, ni fase alguna de la experiencia humana para la cual la enseñanza de la Biblia no constituya una preparación indispensable. Si se estudiara la Palabra de Dios y se la obedeciera, daría al mundo hombres de intelecto más enérgico y activo que cuantos puede producir la mayor aplicación al estudio de todas las materias abarcadas por la filosofía humana. Produciría hombres fuertes y firmes de carácter, de entendimiento agudo y sano juicio, hombres que glorificarían a Dios y beneficiarían al mundo.
Por el estudio de las ciencias también hemos de obtener un conocimiento del Creador. Toda ciencia verdadera no es más que una interpretación de lo escrito por la mano de Dios en el mundo material. Lo único que hace la ciencia es obtener de sus investigaciones nuevos testimonios de la sabiduría y del poder de Dios. Si se los comprende bien, tanto el libro de la naturaleza como la Palabra escrita nos hacen conocer a Dios al enseñarnos algo de las leyes sabias y benéficas por medio de las cuales él obra…
El sello de la Deidad, manifestado en las páginas de la revelación, se ve en las altas montañas, los valles fructíferos, y en el ancho y profundo océano. Las cosas de la naturaleza hablan al hombre del amor de su Creador.— Reflejemos a Jesús, 11 de abril, p. 107
La comunicación en el Edén
Génesis 1 y 2 narran la historia de la creación. Dios creó un mundo hermoso y puso en él a Adán y Eva, las obras maestras de la creación. Los seres humanos se diferenciaban de todas las demás criaturas de la tierra porque fueron creados «a imagen de Dios» (Gén. 1:27), algo que solo se dice de ellos y no, por ejemplo, de las aves o de otros animales. Como tales, debían vivir una vida plena y abundante, experimentar el amor en todas sus formas y vivir en comunión con Dios mismo.
Génesis 2:18-23 dice además que Dios creó a Eva para Adán porque vio que «no es bueno que el hombre esté solo» (Gén. 2:18). Desde el principio, pues, los seres humanos fueron creados como seres sociales. Los sociólogos sostienen que la interacción humana provee numerosos beneficios para el bienestar físico y mental, mientras que la soledad resulta mortal.
No es de extrañar, entonces, que después de la creación de Eva, Adán exclamara: «Esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada “mujer”, porque fue tomada del hombre» (Gén. 2:23, RVA-2015). La estructura familiar constituida por un hombre y una mujer unidos en matrimonio es la primera institución social que Dios proveyó a los seres humanos para que experimentaran una relación y una comunión Integrales. No es de extrañar, pues, que uno de los principales objetivos de Satanás siempre haya sido destruir la dinámica fundamental de la familia original.
28 Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.
16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer;
17 mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.
Adán y Eva disfrutaban de una comunión personal con Dios. Como seres inteligentes, podían reunirse con él y escuchar sus instrucciones. Como administradores del maravilloso jardín de Dios, crecían en conocimiento y capacidad mientras cuidaban de la flora y la fauna. Disfrutaban también cada día de un tiempo especial con Dios «a la brisa del atardecer» (Gén. 3:8). El día de reposo en particular, una parte esencial de la actividad creadora de Dios, debía ser un tiempo especialmente dedicado a la comunión entre Dios y sus hijos (Gén. 2:2-3; Éxo. 20:8-11). En ese día, nuestros primeros padres experimentaban el amor y el cuidado de Dios de una manera especial.
En su perfección original, todas las cosas creadas eran una expresión del pensamiento de Dios. Para Adán y Eva en su hogar edénico, toda la naturaleza estaba llena del conocimiento de Dios, repleta de instrucción divina. La sabiduría hablaba a los ojos, y era recibida en el corazón; pues ellos se ponían en comunión con Dios por medio de sus obras creadas… La tierra se halla actualmente manchada y profanada por el pecado. Sin embargo, aun en su estado de marchitez, permanece mucho de lo que es hermoso.
La naturaleza habla sin cesar a nuestros sentidos. El corazón que está preparado se impresionará con el amor y la gloria de Dios como están revelados en las obras de sus manos. El oído atento puede escuchar y entender las comunicaciones de Dios por las cosas de la naturaleza. Los verdes campos, los elevados árboles, los botones y las flores, la nubecilla que pasa, la lluvia que cae, el arroyo que murmura, las glorias de los cielos, hablan a nuestros corazones, y nos invitan a que hagamos conocimiento con aquel que los hizo todos.— La fe por la cual vivo, 19 de enero, p. 27
Las obras creadas por Dios testifican de su amor y poder. Él ha llamado al mundo a la existencia, con todo lo que contiene. Dios ama lo bello; y en el mundo que ha preparado para nosotros, no solo nos ha dado todo lo necesario para nuestra comodidad, sino que ha llenado los cielos y la tierra de belleza…
La misma energía creadora que sacó el mundo a la existencia, sigue manifestándose en el sostenimiento del universo y en la continuación de las operaciones de la naturaleza. La mano de Dios guía los planetas en su marcha ordenada a través de los cielos. No se debe a un poder inherente que la tierra continúe su movimiento en derredor del sol año tras año, y produzca sus bendiciones. La palabra de Dios controla los elementos. Él cubre los cielos de nubes y prepara lluvia para la tierra. Hace fructíferos los valles, y “hace a los montes producir hierba”. Salmo 147:8. Por su poder florece la vegetación, aparecen las hojas y se abren las flores.
Todo el mundo natural está destinado a ser intérprete de las cosas de Dios. Para Adán y Eva en su hogar del Edén, la naturaleza estaba llena del conocimiento de Dios, rebosante de instrucción divina. Para sus oídos atentos, hacía repercutir la voz de la sabiduría. La sabiduría hablaba al ojo y era recibida en el corazón; porque ellos comulgaban con Dios en sus obras creadas. Tan pronto como la santa pareja transgredió la ley del Altísimo, el esplendor del rostro de Dios se apartó de la faz de la naturaleza. Esta, ahora está arruinada y mancillada por el pecado. Pero las lecciones objetivas de Dios no se han obliterado; aun ahora, cuando se la estudia e interpreta correctamente, habla de su Creador.— Consejos para los maestros, pp. 177, 178
Escondiéndose de Dios
Puesto que Dios es amor (1 Juan 4:8), él no crearía «robots» humanos. El amor implica conceder a la persona amada la libertad de elegir. Para poder amar, Adán y Eva tenían que ser creados con libre albedrío. De lo contrario, les sería imposible expresar verdadero amor.
«Nuestros primeros padres, a pesar de que fueron creados inocentes y santos, no fueron colocados fuera de la posibilidad de pecar. Dios los hizo entes morales libres, capaces de apreciar y comprender la sabiduría y benevolencia de su carácter y la justicia de sus requerimientos, y les dejó plena libertad para prestarle o negarle obediencia. Debían gozar de la comunión de Dios y de los santos ángeles. […] Sin libertad de elección, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada» (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 29-30).
¿Por qué Adán y Eva intentaron esconderse de su Creador después de desobedecerlo? Lee Génesis 3:1-8 (compáralo con Jer. 23:24; Heb. 4:13).
2 Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer;
3 pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.
4 Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis;
5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.
6 Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.
7 Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.
8 Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.
Génesis 3 describe una escena terrible: la caída de Adán y Eva. Después de la épica conversación entre la serpiente (Satanás) y Eva, nuestros primeros padres fueron tentados a comer del «árbol del conocimiento del bien y del mal», lo cual les estaba prohibido. Satanás utilizó el poder de las palabras, las emociones y las tentaciones placenteras para convencer a Eva, quien a su vez persuadió a Adán de que desobedecieran el mandato de Dios. Eva señaló que el árbol era «bueno para comer», «agradable a los ojos» y «codiciable para alcanzar sabiduría» (Gén. 3:6). La promesa de Satanás de que serían «como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gén. 3:5) sonaba irresistible.
En realidad, el discurso de Satanás estaba plagado de falacias. Satanás les ocultó las consecuencias de la desobediencia. Después de desobedecer a Dios, sus ojos se «abrieron» y vieron que estaban «desnudos». La «vestidura» de esplendor y majestad provista por Dios (Sal. 104:1-2), que reflejaba la «imagen» divina, había desaparecido. Ya no estaban cubiertos por lo que Dios les había proporcionado. No es de extrañar que Adán y Eva se escondieran de su Creador (como si fuera realmente posible esconderse de Dios). Intentaron esconderse porque el pecado nos hace sentir culpables y, en consecuencia, rehuir la presencia de Dios.
El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el amor. Su naturaleza quedó tan debilitada por la transgresión que ya no pudo, por su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo por Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese intervenido de una manera especial.
En su estado de inocencia, el hombre gozaba de completa comunión con Aquel “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”. Colosenses 2:3. Pero después de su caída no pudo encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la presencia de Dios. Tal es aún la condición del corazón que no ha sido regenerado. No está en armonía con Dios ni encuentra gozo en la comunión con él.— El camino a Cristo, pp. 17, 18
Dios nos invita a acudir a él con nuestra carga de culpa y las aflicciones de nuestro corazón. El pecado nos llena de temor a Dios; cuando hemos pecado, procuramos ocultarnos de él. Pero no importa cuál haya sido nuestro pecado, Dios nos invita a acudir a él mediante Cristo. Podemos liberarnos de nuestros pecados únicamente llevándolos a Dios.— A fin de conocerle, 11 de septiembre, pp. 258, 259
Dios busca a la humanidad
En Génesis 3:9-10 vemos que Dios tomó la iniciativa de buscar a sus hijos caídos. La pregunta «¿dónde estás?» era retórica, porque Dios sabía lo que Adán y Eva habían hecho y dónde estaban. Sin embargo, el pecado interrumpió la comunicación habitual entre él y la primera pareja humana.
10 Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.
La preocupación inmediata de Dios era restablecer la comunicación con sus hijos, reunirse con ellos y darles esperanza. De hecho, el verbo hebreo qara' («llamar»), en Génesis 3:9, se utiliza a menudo para describir el llamado de Dios para comunicarse con su pueblo.
12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.
13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.
15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.
16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.
17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.
19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.
20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.
22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.
23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;
24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas;
26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano.
28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase.
29 Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.
30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.
31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.
32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.
El hecho de que Dios buscara a Adán y Eva revela su amor incondicional por sus hijos. Dios nunca se da por vencido (ver Luc. 15) y hace todo lo posible para restablecer su comunión con nosotros, incluso cuando nos ocultamos de él. Antes de la crucifixión de Jesús, cuando Pedro lo negó tres veces, Cristo «se volvió y lo miró» (Luc. 22:61). Incluso sin palabras, «habló» a Pedro y trató de llegar al corazón de su amigo descarriado.
Observa en Génesis 3:11-13 cómo el pecado afectó la relación entre Adán y Eva. En lugar de confesar su pecado individual, comenzaron a culpar a otros. Adán culpó a Eva e, indirectamente, a Dios, quien le había dado a Eva. «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí», dijo (Gén. 3:12). Eva, por su parte, culpó a la serpiente por su desobediencia. «La serpiente me engañó, y comí», fue su excusa (Gén. 3:13). Ninguno de los dos, al menos cuando se los confrontó por primera vez con su pecado, reconoció su culpa. ¡Cuán poco ha cambiado esto en seis mil años!
El pecado ha afectado a todos los seres humanos. El apóstol Pablo describe bien nuestra condición en Romanos 7:15-24, donde se refiere al dolor resultante de pecar aunque se desea hacer lo correcto: «No entiendo lo que me pasa; porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco» (Rom. 7:15, NVI).
¿Quién no ha experimentado esta realidad? Lo que Pablo dice es profundo. Todos somos personas quebrantadas que hacemos cosas que sabemos que no debemos hacer.
Nuestra única esperanza, dice Pablo, es la liberación «por nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 7:25). Por eso Dios sigue buscándonos para llevarnos a Jesús, el único que puede moldearnos a su imagen y salvarnos de la devastación causada por el pecado.
Jesús miraba a los acongojados y de corazón quebrantado, a aquellos cuyas esperanzas habían sido defraudadas, y que procuraban satisfacer los anhelos del alma con goces terrenales, y los invitaba a todos a buscar y encontrar descanso en él.
Con toda ternura decía a los cansados: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:29.
Con estas palabras, Cristo se dirigía a todo ser humano. Sabiéndolo o sin saberlo todos están trabajados y cargados. Todos gimen bajo el peso de cargas que sólo Cristo puede quitar. La carga más pesada que llevamos es la del pecado. Si tuviéramos que llevarla solos nos aplastaría. Pero el que no cometió pecado se ha hecho nuestro sustituto. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Isaías 53:6.
El llevó el peso de nuestra culpa. También quitará la carga de nuestros hombros cansados. Nos dará descanso. Llevará por nosotros la carga de nuestros cuidados y penas. Nos invita a echar sobre él todos nuestros afanes; pues nos lleva en su corazón.
El Hermano Mayor de nuestra familia humana está junto al trono eterno. Mira a toda alma que vuelve su rostro hacia él como al Salvador. Sabe por experiencia lo que es la flaqueza humana, lo que son nuestras necesidades, y en qué consiste la fuerza de nuestras tentaciones, porque fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Hebreos 4:15. Está velando sobre ti, tembloroso hijo de Dios. ¿Estás tentado? Te librará. ¿Eres débil? Te fortalecerá. ¿Eres ignorante? Te iluminará. ¿Estás herido? Te curará. Jehová “cuenta el número de las estrellas”; y, no obstante, es también el que “sana a los quebrantados de corazón, y liga sus heridas”. Salmos 147:4-3.
Cualesquiera que sean tus angustias y pruebas, expónlas al Señor. Tu espíritu encontrará sostén para sufrirlo todo. Se te despejará el camino para que puedas librarte de todo enredo y aprieto. Cuanto más débil y desamparado te sientas, más fuerte serás con su ayuda. Cuanto más pesadas sean tus cargas, más dulce y benéfico será tu descanso al echarlas sobre Aquel que se ofrece a llevarlas por ti.
Las circunstancias pueden separar a los amigos; las aguas intranquilas del dilatado mar pueden agitarse entre nosotros y ellos. Pero ninguna circunstancia ni distancia alguna puede separarnos del Salvador. Doquiera estemos, él está siempre a nuestra diestra, para sostenernos y alentarnos. Más grande que el amor de una madre por su hijo es el amor de Cristo por sus rescatados. Es nuestro privilegio descansar en su amor y decir: “En él confiaré; pues dio su vida por mí”.
El amor humano puede cambiar; el de Cristo no conoce mudanza. Cuando clamamos a él por ayuda su mano se extiende para salvarnos.— Exaltad a Jesús, 24 de marzo, p. 91
Así como se revela la verdad divina en la Sagrada Escritura, así también se refleja, como en un espejo, en la faz de la naturaleza; y a través de su creación llegamos a familiarizarnos con el Creador. Por eso el libro de la naturaleza es un gran libro de texto, que los maestros que son sabios pueden usar conjuntamente con las Escrituras para guiar a las ovejas perdidas de vuelta al aprisco del Señor.— Ser semejante a Jesús, 23 de agosto, p. 242
Expulsados del jardín
Una de las consecuencias más devastadoras del pecado de Adán y de Eva fue la separación de Dios. Fueron expulsados del jardín y ya no pudieron hablar con Dios cara a cara. El profeta Isaías escribió de manera memorable acerca de esta penosa condición humana: «Las iniquidades de ustedes los separaron de su Dios, y sus pecados han hecho que su rostro se oculte de ustedes para no escuchar» (Isa. 59:2).
En realidad, Adán y Eva continuaban siendo hijos de Dios. Sin embargo, el resultado del pecado era inevitable y tuvieron que abandonar el Edén. Nada volvería a ser igual después de su desobediencia.
El pecado ha afectado a la humanidad de muchas maneras (ver Gén. 3:14-24). ¿Cómo ha modificado específicamente nuestra comunicación con Dios? (Ver también Éxo. 19:16-22).
15 Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.
16 A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.
17 Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.
18 Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.
19 Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.
20 Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes.
21 Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.
22 Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre.
23 Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado.
24 Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.
17 Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios; y se detuvieron al pie del monte.
18 Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera.
19 El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante.
20 Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte; y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió.
21 Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos.
22 Y también que se santifiquen los sacerdotes que se acercan a Jehová, para que Jehová no haga en ellos estrago.
El pecado cambió por completo la vida humana de maneras que no podemos imaginar, ya que ahora solo conocemos este mundo de pecado en el que vivimos. Debido al pecado, la tierra fue «maldita» y produciría «espinos y cardos». Los seres humanos ahora experimentarían dolor y tendrían que «sudar» para conseguir su alimento, solo para finalmente morir y volver a la tierra. De todos los recordatorios del pecado, la muerte sigue siendo el más poderoso. Al mismo tiempo, debido al pecado perdimos nuestra comunicación directa con Dios.
Sin embargo, se prometió a Adán y Eva una solución para contrarrestar los estragos resultantes del pecado. Aunque nuestros primeros padres no seguirían viendo a Dios ni hablando con él cara a cara, abandonaron el Edén con esperanza para el presente y el futuro. Dios tomó la iniciativa y les explicó su plan de rescate.
Génesis 3:15, el primer anuncio del evangelio, estaba lleno de esperanza para ellos (y para nosotros), a pesar de lo sucedido. La promesa de un Redentor venidero suscitaría enemistad presente contra el pecado y esperanza de salvación futura para la humanidad. El hecho mismo de que Dios proveyera ropa a Adán y a Eva antes de que abandonaran el Jardín fue un acto simbólico que representaba la futura redención de ellos. La futura muerte y resurrección de Jesús haría posible que la comunión con Dios fuera restaurada (Juan 14:1-3).
Esto significa que en el Edén mismo, después de la entrada del mal, se dio a la humanidad la esperanza y la promesa de que el problema del pecado finalmente sería resuelto. Tan pronto como surgió el pecado, surgió la promesa de un Salvador.
Mientras fuera inocente, Adán había gozado de abierta comunión con su Hacedor; pero el pecado produjo separación entre Dios y el hombre, y solo la expiación de Cristo podía salvar el abismo, y hacer posible la transmisión de las bendiciones de la salvación entre el cielo y la tierra. El hombre tenía vedada la comunicación directa con su Creador, pero Dios se comunicaría con él por medio de Cristo y de los ángeles.
En esa forma se revelaron a Adán importantes acontecimientos que se producirían en la historia humana, desde el tiempo en que fue pronunciada la sentencia divina en el Edén hasta el diluvio, y desde allí hasta el primer advenimiento del Hijo de Dios.
El sacrificio de animales fue ordenado por Dios para que fuese para el hombre un recuerdo perpetuo, un penitente reconocimiento de su pecado y una confesión de su fe en el Redentor prometido.
El acto de Cristo, de morir por la salvación del hombre, no solo haría accesible el cielo para los hombres, sino que ante todo el universo justificaría a Dios y a su Hijo en su trato con la rebelión de Satanás.— Exaltad a Jesús, 6 de noviembre, p. 318
El pueblo vocero de Dios
¿Qué revelan los siguientes textos acerca de cómo ha hablado Dios a la humanidad desde la entrada del pecado? (Lee Heb. 1:1-2; Rom. 1:19-20; Núm. 12:6; 2 Tim. 3:16-17; Juan 14:7-9; 10:27-30).
2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;
20 Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.
17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.
8 Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.
9 Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?
28 y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.
29 Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.
30 Yo y el Padre uno somos.
A pesar del pecado, Dios encontró muchas maneras de comunicarse con los seres humanos caídos. Una de ellas es la creación. La naturaleza es una poderosa revelación de sus asombrosas obras. Los científicos se sorprenden por las maravillas de nuestro universo y por la complejidad incluso de la forma de vida más «simple». Sin embargo, la naturaleza también muestra las consecuencias de la caída, entre las que se destaca la muerte como la más terrible de ellas.
Dios ha hablado a la humanidad también por medio de los profetas elegidos por él como sus portavoces. Por ejemplo, habló a Noé, Abraham, Moisés y Daniel revelando su voluntad para su pueblo. En esencia, los mensajes proféticos de Dios son un recordatorio de que él no ha olvidado a sus hijos y sigue a su lado. Y, aunque los mensajes de algunos profetas quedaron registrados en la Biblia, no fue así con los de otros.
No obstante, muchas de las palabras de los profetas fueron comunicadas a través de las Escrituras (2 Tim. 3:16-17). La Biblia es una revelación de Dios mismo. Por medio de las palabras registradas en ella aprendemos quién es él, vemos su amor incansable y recibimos su orientación acerca de cómo debemos vivir.
Las Escrituras nos revelan, además, quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Allí encontramos el propósito de Dios para nuestra vida.
Pero la forma más eficaz en que Dios nos ha hablado es por medio de Jesucristo, quien, por supuesto, se nos revela en la Biblia. Así como Dios buscó a Adán y a Eva en el jardín del Edén, Cristo vino a «buscar y a salvar lo que se había perdido» (Luc. 19:10). «El que me ha visto a mí ha visto al Padre», declaró Jesús (Juan 14:9). A través de su vida, muerte y resurrección, Cristo cumplió la promesa hecha a Adán y a Eva en el Edén. Él vino y murió en nuestro lugar para que pudiéramos tener vida eterna por medio de él.
Después de que Jesús ascendió al cielo, el Espíritu Santo continuó guiándonos «a toda la verdad» y hablándonos de «lo que ha de venir» (Juan 16:13).
Únicamente por el conocimiento de Dios aquí podemos prepararnos para encontrarnos con él en su venida… En sus lecciones y en sus poderosas obras, Cristo es una perfecta revelación de Dios. Este Cristo declara mediante el inspirado evangelista: “A Dios nadie lo vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”. Juan 1:18. “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. Mateo 11:27. Estas palabras muestran la importancia del estudio del carácter de Cristo. Únicamente por el conocimiento de Cristo podemos conocer a Dios.
Al contemplar a Cristo, seremos cambiados a su imagen, y hechos aptos para encontrarnos con él en su venida. Ahora es el momento de prepararse para la venida de nuestro Señor. La preparación para encontrarlo no puede lograrse en un momento.— En los lugares celestiales, 31 de agosto, p. 250
En todo tiempo los mensajeros elegidos de Dios fueron víctimas de insultos y persecución; no obstante, el conocimiento de Dios se difundió por medio de sus aflicciones. Cada discípulo de Cristo debe ocupar un lugar en las filas para adelantar la misma obra, sabiendo que todo cuanto hagan los enemigos redundará en favor de la verdad.— El discurso maestro de Jesucristo, pp. 31, 32
Elena de White
La comunicación de Dios no se limita a los tiempos bíblicos. Como veremos en las próximas semanas, Dios habla a los seres humanos de manera ininterrumpida y adecuada para cada momento de la historia hasta que Cristo regrese.
Elena de White y su hermana gemela, Elizabeth, nacieron el 26 de noviembre de 1827 en Gorham, Maine, Estados Unidos. Eran las menores de los ocho hijos de Eunice y Robert Harmon. A los pocos años, la familia se mudó a la ciudad de Portland, Maine, donde Robert esperaba expandir su negocio de fabricación de sombreros. A los 9 años, Elena sufrió una lesión que la afectó física, emocional y socialmente. Mientras estaba en un parque cerca de su casa, una compañera de clase enfadada le lanzó una piedra que la hirió en el rostro, dejando a Elena en un estado semiconsciente durante varias semanas. Este accidente puso fin abruptamente a su educación formal y le produjo problemas de salud que la acompañaron a lo largo de su vida.
En este contexto de incertidumbre, la joven Elena comenzó a pensar en su destino espiritual. Sentía temor de Dios y se sentía indigna del cielo. Esos sentimientos se intensificaron cuando la familia Harmon aceptó la doctrina millerita del pronto regreso de Jesús. Incluso después de su bautismo por inmersión en la Iglesia Metodista en 1842, Elena no se sentía digna del amor de Dios. Creía que estaba eternamente perdida (Notas biográficas, p. 31).
En medio de estos pensamientos angustiosos, Elena tuvo dos sueños que comenzaron a cambiar su opinión acerca de Dios. Pero no fue hasta que conoció a Levi Stockman, un predicador metodista, cuando comprendió y sintió el amor y la gracia de Dios. «La fe embargaba ahora mi corazón», escribió más tarde. «Sentía un inexplicable amor hacia Dios, y su Espíritu me daba testimonio de que mis pecados estaban perdonados. Cambié la opinión que tenía del Padre. Empecé a considerarlo como un padre bondadoso y tierno más bien que como un severo tirano que fuerza a los hombres a obedecerlo ciegamente» (Notas biográficas de Elena G. de White, p. 40).
Para conocer más acerca de este tema, lee Notas biográficas de Elena G. de White (Florida: ACES, 2013), pp. 19-63.